Tuve el día libre en el trabajo y decidí visitar a mi amiga Marina para salir de la rutina. Todo parecía de cierta manera "normal", pero nunca pasó por mi cabeza lo que sucedió...
Toqué el timbre al llegar, ella se asomó de inmediato por la ventana de cortinas amarillas y me saludó alegremente, a lo cual yo respondí con una sonrisa.
Bajó como rayo las escaleras y me invitó a pasar. Cuando entré, me tomé un momento para analizar si había algún cambio. Al parecer todo seguía igual, excepto que en la última ocasión que fui, la casa estaba llena de ruido y gente festejando la graduación de mi amiga.
Hoy estaba solitaria, en silencio y por ello me pareció muy acogedora.
Marina comenzó a contarme muy emocionada cómo le había ido en los últimos meses y de pronto me propuso que, para celebrar nuestro reencuentro, brindáramos con una deliciosa "bazooka" que ella misma preparó. Yo acepté, en parte por cortesía, pero también porque me interesaba probar una de sus famosas bebidas preparadas.
La tarde avanzaba cada vez más, nosotras seguíamos riendo al recordar los buenos y viejos tiempos de preparatoria, las tonterías que hacíamos por aquellos días y nuestras locuras adolescentes. Los vasos así como se llenaban se vaciaban, teníamos mucha sed.
Nos encontramos hablando de nuestras desventuras amorosas. Marina me contó que todavía recordaba a su primer novio, aquél filósofo que me caía bien, aunque fuera muy orgulloso.
Comenzó a ponerse triste y no supe cómo reaccionar, simplemente quería que volviéramos a reír como hacía apenas unos momentos. Así que sólo la abracé y dejé que se desahogara. En ese momento pensé que quizás había sido una mala idea lo de los tragos.
Ella me abrazó fuertemente, y pasado un momento ya se encontraba más tranquila, aunque no me soltaba.
Comenzó a desenredar con cierta ternura mi cabello. Yo dejé que prosiguiera, pensando que eso la distraería de su momento de sentimentalismo. La separé un poco de mí, lo suficiente para que ella pudiera seguir agarrando aquella melena que tengo por cabello. Nos miramos fijamente y sin decir una palabra dejamos que fluyeran las cosas.
Sentí cómo su lengua hacía contacto con la mía. Durante todos estos años de conocerla nunca nos había visto tan unidas.
Y cuando reaccioné, ya estábamos jugando a ver quién terminaba de quitarle más rápido el sostén a la otra...
Lo que pasó, querido diario, sólo se mantiene en nuestras memorias, si es que logramos recordarlo todo o si es que decidimos darlo por perdido y continuamos siendo sólo "mi amiga Marina y yo".
No hay comentarios:
Publicar un comentario